miércoles, 6 de mayo de 2009

Fox

—De modo que el puente está quebrado.

Dijo el Viejo Zorro.

—¿y con qué lo curaremos?

Respondí inesperadamente.

El viejo me lanzó una mirada fulminante. Era todo lo que bastaba para callarme. Efectivamente, la guerrilla había tomado el viejo puente sobre el río Guacavía. Una larga serpiente de automotores se extendía sobre él, ascendía la ligera colina a los pies de aquel y, supongo, se arrastraría unos dos o tres kilómetros en la extensa llanura del piedemonte. El sol canicular elevaba la temperatura en la cabina, el pegachento e incómodo calor húmedo nos obligó a salir del carro. Era ahora momento de esperar. Cualquier cosa podía pasar: que nos dieran paso, que llegara el ejército o simplemente esperar hasta que algo extraordinario alterara la mecánica calma de la sabana. Que el retén llegara pronto a su fín era probable, seguramente habría un par de incendios —inducidos, claro—, disparos a lo lejos y vía libre; que llegasen las autoridades a "solucionar" el asunto, no se nos pasaba por la cabezota. Una balacera en plena carretera habría sido un horror para todos allí.

Poco a poco nos lleguó el rumor, la inquietud nos asaltó, ¿podría ser?, no lo creo. Pero sí, sí lo fue. Paulatinamente fueron llegando los trozos de carne asada y de gaseosa enlatada. Los insurgentes habían vacíado un gran camión de bebidas y sacrificado reses de las fincas vecinas, y repartido a toda la caravana. ¿Con qué fin? Para el hambre y remediar parcialmente la larga espera.

—¿Y ahora qué hacemos? Pregunté.

—Desde que haya comida, no hay problema. Contestó el Viejo Zorro.

Tal vez aparte del riesgo de no llegar a la hora programada, nada más le preocupaba al Viejo. Habíamos llevado arrroz con pollo, papas fritas y mucha más gaseosa desde Villavo para el viaje de unas 6 horas hasta Yopal. El azar y un diáfano día nos habían hecho una bonita jugada. Esperábamos bajo las ceibas y los altos árboles de las orillas. El negro y sucio río fluía sonoramente. Dicen que, aparte de algunas bonitas playas, es muy peligroso nadar en él. Entre mis tías cunden las historias de ahogados atrapados por los remolinos invisibles en la superficie; gente que sin importar cuánto nade, no son capaces de salir por una bocanada de aire, gente arrastrada a las vísceras del río, tragada con huesos y piel.

El Viejo Zorro, o bien mi padre, quizá empezó a desesperarse a lo largo del día; comenzó con un andar de aquí pa'llá, luego, con una preocupación visible, y, por último, con un malgenio que nadie lo soportaba. Cansado, y viendo sus planes frustrados de llegar a la capital del Casanare antes del anochecer, decidió volver a Villavo en la tarde. En la noche, vimos pasmados en el noticiero las borrosas imágenes de c0mbates y enfrentamientos. En un paisaje lunar muchos hombres de verde con sus ruidosas armas desangraban al enemigo y un muchacho de 16 años era mostrado al mismo tiempo como presa de caza y un botón de los desmanes de los rebeldes con los menores. El ejército finalmente llegó al viejo puente sobre el río Guacavía y había desalojado a la guerrilla de las posiciones circundantes donde se encontraban, es decir, donde nos encontrábamos.

¿Destino? ¿Milagro? ¿Casualidad? Tales pensamientos no le preocupaban al astuto Zorro. Desde que tengo memoria, siempre ha comerciado, siempre ha estado rodeado de autos, maderas de olor penetrante y chucherías con muchas letras en inglés, siempre ha hablado con mucha gente, siempre negocea, busca aquí, acullá; carga su camioneta con muchos más muebles y viaja a muchas partes. La gente lo escucha con ganas y él los sorprende. No sólo sabe negocear, también sabe encantar. Es un encantador de serpientes: todos los que lo rodean no son más altos que él, él lleva las riendas de la conversación, dirige, manda; todos le preguntan y él sabe la respuesta o conoce al cliente. Sus amigos no son personas, son reptiles, seres bajos y despreciables. Como aquel abogado que siempre le hablaba en voz baja y mirando a todos lados o la señora esa que me cogía los cachetes y siempre andaba con una capa gruesa de maquillaje. Recuerdo al tipo que vendía en un apretujado local de acetatos, siempre me escuchaba, me hacía reír, siempre, incluso el día que, bajando de Bogotá, llevó el carro directo contra un bolardo de esos que usan para los carros sin frenos...

Negocea y seduce, vende y ama. Lo que sucedió ese día fue una peripecia más de su accidentada vida.

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