Uno está acostumbrado a las fotos e incluso a las imágenes, siempre muy lejanas del cañón vomitando fuego. Sus servidores, quienes yacen detrás y alimentándola con la mortífera carga, hacen uso de una complicada cadencia de movimientos coordinados para lograr que el proyectil quede en la recámara y sólo baste un gatillito para ser lanzada. Sólo un gatillito para desatar una muerte de gran calibre, 155 mm de prestigio.

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